La depresión es uno de las más frecuentes causas de consulta en la AP. No obstante, muchos casos de este tipo permanecen subdiagnosticados debido a que los consultantes que los atienden, no tienen adecuadamente desarrollada su capacidad para poder identificarlos. Dado que en la mayoría de sistemas de salud son pocos los pacientes con posibilidad de acceder a psiquiatras cuando tienen un problema de salud mental, tal subdiagnóstico producido en la AP al lidiar con la depresión, constituye una falla central en el sistema, la cual puede afectar a muchas personas.
En esa línea, diversos autores han alertado sobre la necesidad de que los prestadores de cuidados primarios estén mejor entrenados, y cuenten con mejores elementos metodológicos para poder realizar el diagnóstico de estos pacientes con depresión. Parte de dicho esfuerzo se orienta a popularizar el uso de instrumentos para el tamizaje de depresión como el PRIME-MD, en su versión corta (sólo 2 preguntas) o larga, y el Patient Health Questionnaire para depresión (PHQ-9), cuyas 9 interrogantes están validadas para identificar este desorden. Desafortunadamente, salvo por el PRIME-MD acortado, dichos instrumentos consumen una gran cantidad de minutos en su aplicación y los generalistas están poco familiarizados con ellos, ello restringe su uso entre quienes ejercen su práctica en la AP.
Pero además del problema antes mencionado, tales herramientas tienen la limitación de que, aunque su sensibilidad es bastante buena, su especificidad es muy limitada. Por ello, con alguna frecuencia, sus resultados catalogan como cuadros de depresión a pacientes que posteriormente no confirman reunir los criterios para esta enfermedad.
Ante dicho escenario, una de las estrategias posibles para potenciar este tamizaje es que tales herramientas para el screening de depresión, sea reforzada con otros parámetros comunes en dicho cuadro. Ello equivaldría a un doble filtro, de modo que la aplicación de dichos instrumentos en un grupo con mayor prevalencia de la enfermedad, favorezca que los casos respectivos sean mejor diagnosticados.
Es en dicho punto que nos ayudan los aportes de evidencia reciente procedente de un estudio de cohortes realizado en población residente en Suecia. Sus resultados, al seguir a más de cuatro millones de personas entre los 10 y los 50 años confirman una asociación, previamente reportada, entre la queja puntual de migraña, y un posterior diagnóstico de depresión. Así, pacientes que habían reportado migraña en algún momento de su vida tenían hasta 80% más de riesgo de adquirir el diagnóstico de depresión y de ansiedad durante el seguimiento de la cohorte. Y si bien tales resultados presentan una serie de dificultades, en particular por referirse a un estudio de cohortes sin seguimiento estrecho, realizarse en una población relativamente favorecida, y el hecho de que el diagnóstico de migraña no tuvo un manejo protocolizado, por lo que podría referirse a cualquier cefalea intensa y recurrente; la asociación parece contundente, y está en línea con hallazgos previos.
Para completar la información, tal estudio amplía sus resultados analizando dos variables clave. La primera es el impacto de la genética y condiciones familiares, la cual es evaluada a través de un análisis de hermanos, y se demuestra que tiene un peso muy limitado en la asociación antes mencionada pues, aun cuando el riesgo asociado es algo menor, permanece. La segunda es también una variable de gran interés para la salud mental, y se refiere al nivel socioeconómico, el cual es medido a través de un marcador denominada “carencia de espacio personal” (small-area deprivation en inglés) que evalúa condiciones relacionadas con el entorno del paciente en cuanto a vivienda, familia, etc. Pudo verse que tal variable no influyó en la asociación entre migraña y depresión, algo que, aun cuando va contra la presunción inicial de que el grupo de pacientes con mayores carencias pudiese tener una probabilidad incrementada de tener el cuadro, tal resultado puede ser consecuencia de las limitaciones en el diseño, y se sugieren estudios adicionales para medir dicha potencial asociación.
En consecuencia, tales hallazgos aportan nuevos marcadores, indirectamente, y sin contar con una validación específica, de que una mayor especificidad y un mejor diagnóstico, es posible incluyendo a la cefalea intensa y recurrente, o específicamente a la migraña, como aditivo al empleo de escalas como las mencionadas líneas arriba.
Fuentes de datos : Association of migraine with subsequent risk of depression or anxiety by small-area deprivation: national cohort study with sibling analysis.
The Journal of Headache and Pain Vol 27, art n. 57, 2026.
https://link.springer.com/article/10.1186/s10194-026-02280-8
Depression in primary care: part 1—screening and diagnosis. BMJ 2019; 365 April 2019
